domingo, 16 de enero de 2011

Al pan pan y al vino vino

Por Temístocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com


Editoriales, columnistas, formadores de opinión de diversos medios de comunicación, voceros de gremios y sectores sociales, profesionales y gentes del común en sus respectivos escenarios expresan sus puntos de vista acerca de la situación de la ciudad, el departamento y el país. Unos con mayor información y formación que otros, pero en general todos intentando acertar en el diagnóstico de lo que estamos viviendo y mejor aún, queriendo aportar de alguna manera para que la situación mejore.

En medio ya, de una campaña para elegir los próximos mandatarios y corporaciones locales y regionales, es absolutamente necesario que haya mucha opinión al respecto. Toda la que se pueda, porque esa que es la decisión más importante para la vida futura de cada persona y familia y para la sociedad como un todo, no puede seguir siendo asumida sólo por un pequeño grupo de personas o por una montonera necesitada, mal nformada.

Claro cada quien opina a su manera, libremente y toda opinión es respetable. Se me antoja que una característica que hace de común denominador hasta ahora en la opinión es la falta de crítica. Tengo la sensación de que entre nosotros hay demasiada permisividad. Y ello hace que los servidores públicos se sientan muy cómodos. No asuman, como corresponde, sus responsabilidades. Como nadie los critica y nadie dice nada, se sienten autorizados para hacer lo que les venga en gana o para no hacer nada.

Lo peor, es que a veces, no solamente es falta de crítica o permisividad. Es complicidad. Bien porque se hace parte del cerrado grupo –entre bomberos no nos pisamos las mangueras–, bien porque se espera algo - la necesidad tiene cara de perro-. Lo cierto es que hace falta opinión. Los funcionarios deben saber que la sociedad los aplaude cuando actúan bien, pero igualmente los vigila y censura cuanto obran mal. Entre nosotros no pasa eso. Hay exagerada adulación. Mucha lambonería. Demasiado cortesano.

Y ello es expresión de pobreza en toda su dimensión. Pobreza mental. Material. Espíritual. Perdónenme, quisiera estar equivocado. Entre nosotros, hay demasiada precariedad. Mucha mediocridad. Ello puede no ser muy grave. Somos, como el país, tercermundistas. Lo grave es que se imponga sobre nuestras potencialidades. Que las tenemos y de sobra. Pero ¿qué pasa con ellas? ¿Por qué no las desarrollamos? Muchas son las causas, como es obvio, pero creo que una de ellas tiene que ver y mucho con nuestra propia conducta frente a los funcionarios públicos, frente al gobierno, frente al poder. Históricamente no abrimos espacio a la iniciativa privada.

Aquí no creamos industria, ni empresa. Casi todo depende del gobierno. Por ello seguramente somos tan proclives al poder. Por eso tanta venia. Tanto cepillo. Tanto miedo a la crítica. ¿Oposición? ¿Que es eso? Cuidado!

La campaña electoral tiene que servir para llamar las cosas por su nombre. Que se abra el debate. Fuerte. Duro. Sin contemplaciones. Aquí hay demasiado atraso y vagabundería, como para seguirnos dándonos saluditos de hipócritas y menesterosos.

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