sábado, 23 de octubre de 2010

¿Qué habrá que hacer?

Temístocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com

Esta vez fue Bogotá. Pero puede ser cualquier ciudad del país. O cualquier pueblo. Grande o pequeño. La corrupción lo cubrió todo. Parece que nadie va a los cargos públicos a servir. Nadie lo hace por honor. Todos, casi sin excepción, hasta los que menos uno cree, aprovechan la ocasión para sacarse unos pesos. Y no cualquier peso. Denuncias hay de coimas que se acercan al 50% del valor de los contratos o de la compra.
Los gobernantes hablan de todo. De lo divino y lo humano. Pero nunca hacen una exhortación a la honradez, a la honestidad. Les ha dado también, dizque por hacer unas comedias que llaman rendición de cuentas. Rendirle cuentas a sus propios subalternos, o a sus beneficiarios, o a unas comunidades que como no tienen información, no pueden interrogar, ni cuestionar nada. Y con ello creen que son gobiernos transparentes.
Hemos descendido tan profundo, que algunas autoridades, saben que sus subalternos andan pidiendo plata por los contratos, se los han dicho de frente, mirándolos a los ojos. Pero no hacen nada. Debe ser que se reparten todo lo timado. O hay otra explicación.
Todo lo tienen programado. Saben que, por lo menos en la teoría, existen entidades de control, encargadas de vigilar la conducta de los servidores públicos, de custodiar los bienes oficiales. Entidades que pudieran investigarlos y sancionarlos. Pero, para que eso no ocurra, se apoderan también de esas entidades. Por medio del tráfico de influencias, que todos conocemos, hacen nombrar en ellas, gentes de su entera confianza. A veces unas sin mayor conocimiento de lo que tienen que hacer. Y generalmente sin carácter, para que obedezcan sumisa y ciegamente. Por ello las investigaciones se demoran o nunca terminan. Y si finalizan nadie resulta responsable. Cómo quieren que la gente crea en algo. Para qué se denuncia. Si ya se sabe como fallarán.
Y como nadie denuncia, nadie hace nada. Los bandidos apoderados de los cargos públicos, siguen haciendo de las suyas. Sacando platica de los presupuestos públicos, porque además con esa platica, es que se hacen y se ganan elecciones. Basta una pasadita a en las entidades oficiales nuestras, para que vean que cada dependencia tiene sus dueños. Se pasean como Pedro por su casa. Los funcionarios de rango inferior lo comentan. Tal dependencia le pertenece a tal o cual “dirigente”. Este decide a quien se contrata, a quien se le compra.
Esto lo sabe todo el mundo. Menos los jefes. No porque no lo sepan. Aparentan no saberlo. Para posar de honestos. Como si la gente fuera boba. Como en Bogotá, entre nosotros, hay una corrupción que superó todos los límites. Aquí todo está negociado. Hasta los lápices.
Queda sin embargo, una pregunta, ingenua tal vez. ¿Porqué no hacen consejos comunitarios contra la corrupción? Y nos muestran contratistas y proveedores. Y obras y bienes y servicios. O prefieren repetir lo de siempre: Lo hicimos por licitación pública. Como si eso sirviera para algo.

viernes, 15 de octubre de 2010

Un referente necesario

Temístocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com


Una hojeada desprevenida a muchos temas y sucesos en diversos lugares del mundo nos ofrece la oportunidad de conocer hechos que debieran servirnos como referentes en la manera de concebirnos y en el cumplimiento de nuestras responsabilidades. Sobre todo, en aquellos deberes que tienen relación con lo público. Porque de alguna manera tienen una dimensión mayor.
El caso del rescate de los mineros chilenos es uno de ellos. Además de demostrarnos el avance que en diferentes campos de la vida económica, social e institucional ha tenido el pueblo chileno, nos enseña un aspecto de la cultura de ese país que debe resaltarse. El respeto por la vida.
La movilización de todas las potencialidades de los chilenos para lograr, como lo hicieron, el rescate, en una operación exitosa por el despliegue de tecnología y solidaridad internacional, por el sentimiento de unidad e identidad de los chilenos y sobre por las lecciones de compañerismo, coraje y fe con que permanentemente nos emocionaron, es un ejemplo del que debemos aprender de verdad.
Porque contrasta esta operación colectiva con lo que entre nosotros padecemos. En sólo Boyacá, cada año pierden la vida cerca de cincuenta mineros, sesenta y tres fallecieron en un solo accidente en Amagá hace unos meses, igual ocurre en Suárez y en general donde hay cierto tipo de explotación minera, mueren con frecuencia humildes colombianos que trabajan en condiciones de miseria e inseguridad totales.
Todo con el pleno conocimiento de autoridades de distintos niveles. Porque para nadie es un secreto los enormes riesgos que corren estos operarios, abandonados por un Estado que no solamente no respeta la vida, sino que en muchos casos, actúa como su propio verdugo.
Si bien ciertas formas de explotación minera son actividades peligrosas, existen hoy tecnologías que minimizan los riesgos, siempre y cuando, haya no solamente normas que las exijan, si no autoridades que las hagan cumplir. Todo el sistema institucional encargado de los asuntos mineros de Chile, fue destituido. Aquí con tan enorme número en pérdidas de vida, los encargados del tema más se atornillan a los cargos. Nadie les exige responsabilidades y antes por el contrario los ascienden. Es nuestra triste historia en este y otros campos de la actividad estatal. Lo máximo que les ha dado por hacer, es decir que asumen la responsabilidad política. Término que entre nosotros no tiene significado práctico alguno, por cuanto nuestro nivel de cultura política y la distensión de nuestros resortes morales, no posibilitan una reacción social que supla la deficiencia de los sistemas legales de investigación y sanción.
El caso de los mineros chilenos debe servirnos como referente para reexaminar los valores sociales e individuales que sirven de marco a todas nuestras acciones. Para trazarnos grandes sueños, retos y empresas. Y luchar por alcanzarlos. Para rediseñar un aparato estatal moderno, eficiente, capaz. Para exigir responsabilidades a quienes corresponda y en general, para creer con firmeza, que si actuamos solidariamente, podemos construir una sociedad mejor para todos.

Con las marchas

Por Temístocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com

Pacíficamente la gente debería marchar todos los días. Razones para hacerlo hay de sobra. La alarmante deficiencia del Estado lo impone. Cuando funciona lo hace a través de intermediarios: los políticos, los amigos o los socios. Por sí solo nunca actúa. Porque el aparato estatal no le pertenece a la sociedad como un todo. No es patrimonio colectivo. De él se apoderaron hace rato. Lo hicieron propiedad privada. Lo raptaron.
Prueba de ello hay por todas partes. Hasta en lo más elemental. En una cita. Si la pretende con Ministros, Gobernadores, Alcaldes, Secretarios o cualquier empleado de nivel, debe valerse de uno cualquiera de los intermediarios. Si no, olvídese. Paciencia infinita.
Si se trata de la la formulación de un proyecto, la inclusión de una partida presupuestal, la ejecución de una obra. Morirá en el intento. Esos temas se definen con el Directorio (5 0 6 manzanillos de marca mayor, con conocimiento de nada, pero expertos en triquiñuelas y servilismo) o con los amigos o socios.
Y para qué hablar de políticas públicas de mediano o largo plazo. De eso sí que jamás conocen las comunidades. Ellas se definen en pequeños círculos que se distribuyen los beneficios. Si se trata de grandes inversiones en obras públicas, montan las empresas que las contratarán, si están dirigidas como ayudas a un sector de la economía, a él se integran o buscan a sus amigos para asociarse. ( Agro Ingreso Seguro).
En general toda actividad estatal está permeada por el interés de quien la planea, orienta o ejecuta. La teoría del interés común, es solamente eso, teoría, porque la práctica es otra. A veces totalmente contraria.
Por eso las comunidades o los sectores sociales que no están al lado de quienes ejercen el poder, no tienen otra forma distinta de interlocución, que salir a la calle. A veces las invitan, dizque para trazar o ejecutar conjuntamente con ellas las políticas públicas, pero mentiras. Las invitan no para que participen, sino para que legitimen. Porque sus aportes no son considerados, no son tenidos en cuenta. Solamente figuran en el titular de los medios, pero nada más. Ellos, el reducido grupo del poder, ya ha definido todo.
Claro la captura del Estado por unos pocos, a veces corruptos y bandidos, hace en el fondo inexistente la democracia. Porque democracia no es solamente participar en elecciones. Produce risa oír a veces apasionados defensores de nuestro sistema hablando maravillas sin sentido. Intentando vanamente desconocer su precariedad y obsolescencia o negando que, colocado como está al servicio de unos pocos, es la negación misma de la democracia.
Mientras no existan esfuerzos y hechos reales y claros para colocar el Estado al servicio del interés colectivo, para abrir y consolidar escenarios de participación y construir una verdadera democracia, las marchas de los sectores sociales afectados por una realidad cada vez más angustiosa, son las únicas herramientas efectivas para relacionarse con el Estado. La democracia aprendiéndose, enseñándose y practicándose en las calles.