viernes, 20 de agosto de 2010

El Maestro

Por Temìstocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com

Siento una profunda tristeza. Se ha ido uno de los grandes. Pero no quiero esta vez simplemente sumarme a los merecidos homenajes al Maestro.
Tuve oportunidad de repetirle en vida, lo grande que fue y lo que significó para el humanismo, la intelectualidad y la juridicidad colombiana. La última vez, con ocasión de su designación como conjuez de la Corte Constitucional, en el Paraninfo Caldas.
Quisiera aproximarme desde otra óptica al significado de su vida y legado. Preguntarme por ejemplo, si su sacrificio, amor y esfuerzo por formar mujeres y hombres dignos y libres fue valorado y fructífero. Si aró en el desierto, como en la conocida frase, porque sus enseñanzas no alcanzaron a moldear los seres humanos que el país demanda, o si por el contrario, ellas entregaron a la sociedad profesionales con clara conciencia de su papel transformador ante una realidad social injusta, inequitativa, excluyente. Cuántos de sus discípulos, en la práctica, que es lo que importa, asimilamos algo del ejemplo de una vida admirable que tuvimos el privilegio de conocer, compartir y disfrutar. Cuánto aprendimos de su enriquecedora existencia y cuánto de ello practicamos.
Cuántos creemos que una vida austera, disciplinada, entregada al estudio y análisis de los problemas sociales, comprometida con los más débiles, es el paradigma a seguir y que valores como la amistad, la honestidad, la dignidad deben conservarse por encima de las veleidades del poder y las apariencias sociales.
La realidad social es muy diferente de la vida universitaria. Esta es alegre, descomplicada y aún irresponsable. Aquella es cruda, alienante y hasta cruel, nos repetía, como preparándonos para enfrentar el reto y para no claudicar como profesionales, ante la primera dificultad o halago que nos planteara el mundo.
En diálogos con el maestro, a pesar de su infinita bondad, rasgo del humanista que fue, se notaba un halo de frustración frente al papel de discípulos que logrando cierto nivel de dirección en la política o en el Estado, feble servicio prestan a la necesidad de construir una sociedad más justa e igualitaria, como la concibió desde su vocación académica y su postura de marxista profundo y romántico.
Así como actualmente la capacitación ofrecida a servidores públicos, sólo la aprovechan para burlar la ley, antes que para cumplirla, muchos de sus alumnos abrevaban en sus fuentes dialécticas, no para transformar, sino para servir mejor los intereses del establecimiento.
Ernesto Saa, maestro y amigo. Pruebas al canto. Siendo Gobernador me dijo al teléfono “Te habla Ernesto Saa Velasco, el mejor constitucionalista que tiene este país y por tanto, un ciudadano que respeta las instituciones, así estén en manos de un ignorante como tú”. Hola Maestro, respondí: Ya le trasladé a su tía. Y por supuesto, un sonoro madrazo retumbó al otro lado de la línea. Como nos deben resonar sus sabias enseñanzas, para decidirnos a cambiar tanta injusticia y podredumbre, como lo intentó desde su débil figura “toda de negro hasta los pies vestida”. Sería el verdadero homenaje.