Temístocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com
Una hojeada desprevenida a muchos temas y sucesos en diversos lugares del mundo nos ofrece la oportunidad de conocer hechos que debieran servirnos como referentes en la manera de concebirnos y en el cumplimiento de nuestras responsabilidades. Sobre todo, en aquellos deberes que tienen relación con lo público. Porque de alguna manera tienen una dimensión mayor.
El caso del rescate de los mineros chilenos es uno de ellos. Además de demostrarnos el avance que en diferentes campos de la vida económica, social e institucional ha tenido el pueblo chileno, nos enseña un aspecto de la cultura de ese país que debe resaltarse. El respeto por la vida.
La movilización de todas las potencialidades de los chilenos para lograr, como lo hicieron, el rescate, en una operación exitosa por el despliegue de tecnología y solidaridad internacional, por el sentimiento de unidad e identidad de los chilenos y sobre por las lecciones de compañerismo, coraje y fe con que permanentemente nos emocionaron, es un ejemplo del que debemos aprender de verdad.
Porque contrasta esta operación colectiva con lo que entre nosotros padecemos. En sólo Boyacá, cada año pierden la vida cerca de cincuenta mineros, sesenta y tres fallecieron en un solo accidente en Amagá hace unos meses, igual ocurre en Suárez y en general donde hay cierto tipo de explotación minera, mueren con frecuencia humildes colombianos que trabajan en condiciones de miseria e inseguridad totales.
Todo con el pleno conocimiento de autoridades de distintos niveles. Porque para nadie es un secreto los enormes riesgos que corren estos operarios, abandonados por un Estado que no solamente no respeta la vida, sino que en muchos casos, actúa como su propio verdugo.
Si bien ciertas formas de explotación minera son actividades peligrosas, existen hoy tecnologías que minimizan los riesgos, siempre y cuando, haya no solamente normas que las exijan, si no autoridades que las hagan cumplir. Todo el sistema institucional encargado de los asuntos mineros de Chile, fue destituido. Aquí con tan enorme número en pérdidas de vida, los encargados del tema más se atornillan a los cargos. Nadie les exige responsabilidades y antes por el contrario los ascienden. Es nuestra triste historia en este y otros campos de la actividad estatal. Lo máximo que les ha dado por hacer, es decir que asumen la responsabilidad política. Término que entre nosotros no tiene significado práctico alguno, por cuanto nuestro nivel de cultura política y la distensión de nuestros resortes morales, no posibilitan una reacción social que supla la deficiencia de los sistemas legales de investigación y sanción.
El caso de los mineros chilenos debe servirnos como referente para reexaminar los valores sociales e individuales que sirven de marco a todas nuestras acciones. Para trazarnos grandes sueños, retos y empresas. Y luchar por alcanzarlos. Para rediseñar un aparato estatal moderno, eficiente, capaz. Para exigir responsabilidades a quienes corresponda y en general, para creer con firmeza, que si actuamos solidariamente, podemos construir una sociedad mejor para todos.
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