Temístocles Ortega Narváez
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Esta vez fue Bogotá. Pero puede ser cualquier ciudad del país. O cualquier pueblo. Grande o pequeño. La corrupción lo cubrió todo. Parece que nadie va a los cargos públicos a servir. Nadie lo hace por honor. Todos, casi sin excepción, hasta los que menos uno cree, aprovechan la ocasión para sacarse unos pesos. Y no cualquier peso. Denuncias hay de coimas que se acercan al 50% del valor de los contratos o de la compra.
Los gobernantes hablan de todo. De lo divino y lo humano. Pero nunca hacen una exhortación a la honradez, a la honestidad. Les ha dado también, dizque por hacer unas comedias que llaman rendición de cuentas. Rendirle cuentas a sus propios subalternos, o a sus beneficiarios, o a unas comunidades que como no tienen información, no pueden interrogar, ni cuestionar nada. Y con ello creen que son gobiernos transparentes.
Hemos descendido tan profundo, que algunas autoridades, saben que sus subalternos andan pidiendo plata por los contratos, se los han dicho de frente, mirándolos a los ojos. Pero no hacen nada. Debe ser que se reparten todo lo timado. O hay otra explicación.
Todo lo tienen programado. Saben que, por lo menos en la teoría, existen entidades de control, encargadas de vigilar la conducta de los servidores públicos, de custodiar los bienes oficiales. Entidades que pudieran investigarlos y sancionarlos. Pero, para que eso no ocurra, se apoderan también de esas entidades. Por medio del tráfico de influencias, que todos conocemos, hacen nombrar en ellas, gentes de su entera confianza. A veces unas sin mayor conocimiento de lo que tienen que hacer. Y generalmente sin carácter, para que obedezcan sumisa y ciegamente. Por ello las investigaciones se demoran o nunca terminan. Y si finalizan nadie resulta responsable. Cómo quieren que la gente crea en algo. Para qué se denuncia. Si ya se sabe como fallarán.
Y como nadie denuncia, nadie hace nada. Los bandidos apoderados de los cargos públicos, siguen haciendo de las suyas. Sacando platica de los presupuestos públicos, porque además con esa platica, es que se hacen y se ganan elecciones. Basta una pasadita a en las entidades oficiales nuestras, para que vean que cada dependencia tiene sus dueños. Se pasean como Pedro por su casa. Los funcionarios de rango inferior lo comentan. Tal dependencia le pertenece a tal o cual “dirigente”. Este decide a quien se contrata, a quien se le compra.
Esto lo sabe todo el mundo. Menos los jefes. No porque no lo sepan. Aparentan no saberlo. Para posar de honestos. Como si la gente fuera boba. Como en Bogotá, entre nosotros, hay una corrupción que superó todos los límites. Aquí todo está negociado. Hasta los lápices.
Queda sin embargo, una pregunta, ingenua tal vez. ¿Porqué no hacen consejos comunitarios contra la corrupción? Y nos muestran contratistas y proveedores. Y obras y bienes y servicios. O prefieren repetir lo de siempre: Lo hicimos por licitación pública. Como si eso sirviera para algo.
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