Temístocles Ortega Narváez
Cualquiera que intente un análisis de la realidad nacional concluye que las condiciones de pobreza, exclusión, violencia y corrupción se mantienen pese a los esfuerzos, si es que de verdad se hacen, por superarlos. Cambios de gobierno, formulación de estrategias y políticas de diversa presentación y contenido no logran producir cambios sustanciales como para generar en la sociedad la confianza en que avanzamos en la dirección correcta. ¿Qué es entonces lo que ocurre? ¿Porqué tantas políticas que se anuncian no logran modificar de manera importante este estado de cosas? ¿Qué es lo que hay que hacer para que esto mejore?
Quien tenga las respuestas puede tratarse de un genio. No son para nada fáciles. En alguna ocasión, en un encuentro casual en un restaurante Bogotano, un profesor de economía francés que participaba en un informal diálogo sobre el tema nos sentenció: “Es el sistema, mis queridos amigos, el sistema”. Y claro, no solamente el profesor francés, coincide en el apretado diagnóstico, diversas voces en mundo se levantan contra la realidad social que produce un capitalismo salvaje y desenfrenado, sustentado en la creación artificiosa de necesidades, el consumismo ilimitado, la generación de riqueza para unos pocos y la entrega al mercado de las facultades de intervención del Estado.
Los efectos sociales devastadores sobre grandes y mayoritarias masas de la población de un sistema oprobioso como el que nos rige globalmente, es mucho más severo y grave para los países tercermundistas como el nuestro. Y pese a que a veces, surgen iniciativas y esfuerzos para no someterse a los dictados imperiales del sistema económico universal, no logramos generar cambios en las estructuras de poder global y continuamos sometidos a sus mandatos e imposiciones.
La necesidad de cambio es tan imperiosa, que países europeos caracterizados hace apenas unos años en ofrecer condiciones de vida a sus connacionales dignas y envidiables, hoy padecen crisis sociales y sienten la amenaza de grandes núcleos de su población que protestan y se levantan ante la falta de oportunidades y el deterioro ostensible de su calidad de vida.
Las revoluciones sociales, no violentas, aparecen por todas partes contra el sistema y en búsqueda de libertad, trabajo, oportunidades y contra la ineficiencia, la corrupción, los políticos todos. La gente quiere definitivamente otra cosa. Lo que hoy existe no le satisface, no le merece confianza. Se agotó. Quizá este sentimiento ha existido siempre en algunos sectores. Ahora se ha apoderado de muchos más. Y no solamente es un sentimiento. La gente lo está expresando. Lo está exigiendo. La gente se cansó y está actuando. Y va actuar.
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