sábado, 26 de junio de 2010

¿Y de los conciertos para delinquir?

Por Temístocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com

Desde hace algún tiempo la ciudad se llena de conciertos por todas partes. Cada fin de semana se ofrece amplia variedad de espectáculos. Conciertos de salsa, románticos de los años 60 y 70, vallenatos, despecho, reguetón, rap y en fin, un variado menú para todas las edades y para todos los gustos. Parece que ya no es necesario salir de la ciudad para deleitarse con los mejores artistas.
Pero hay un concierto permanente, que se realiza de día… y de noche. Que a diferencia de los anteriores que alegran y divierten; causa tristeza, rabia e impotencia, además de pobreza, muerte y perversión. Este concierto sólo complace a los personajes que lo ejecutan: delincuentes de cuello blanco, verdaderas vedettes de la falacia y la apariencia. No se presenta en plazas o coliseos; sino en oficinas, cafés, clubes o fincas donde como auténticos hampones se reúnen a repartirse porcentajes. Mientras que los conciertos musicales atraen por la fama y calidad de los artistas, que entusiasman con su voz y su canto; éste en cambio subsiste, porque ninguno canta, pues si alguno de sus autores se atreviera, todos iban a parar a la cárcel, donde deben estar. No convoca multitudes y bullicios: No. Se hace entre pocos, soterradamente, donde nadie los oye, ni los ve. Tampoco se muestra y publicita, por el contrario, no deja huella alguna, le interesa que no exista la prueba, que nadie delate, para seguir tranquilos y campantes.

Les estoy escribiendo del concierto para delinquir, uno de los delitos que más se comete en estos tiempos. Sobre el cual la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia ha elaborado una profusa y rica jurisprudencia en los casos de la parapolítica. Pero la Corte, porque los demás organismos encargados de investigar y controlar, como los nuestros, no se dan por advertidos. Se hacen los de la vista gorda. Pretenden justificarse en limitaciones institucionales, o lo que es peor, actúan por razones de amistad, relaciones políticas, familiares, llegando a veces a la complicidad o al prevaricato, cuando no reciben parte de la coima.

A nadie puede caberle duda alguna. Tenemos entre nosotros en diferentes instancias oficiales, unos peligrosos delincuentes al mando de los asuntos públicos. Un orquestado concierto para delinquir con “artistas” de lujo. Parecen buena gente y pregonan honestidad a toda hora. Pero no. Son componentes de una muy bien montada red que acuerda y trafica influencias, que actúa como una organizada empresa con división de trabajo. Cada quien hace su parte del oficio y recibe por eso su tajada.
No resulta fácil judicialmente descubrirlos. Se protegen a manera de mafia. Y sacan a manos llenas los dineros de todos. Y claro, medianamente ricos, pretenden continuar gobernando. Hasta que un mal reparto, haga que uno suba a la tarima y cante. Y nos anuncie las “estrellas” que delinquen en este tenebroso concierto.

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La Procuraduría ha impuesto algunas sanciones por hechos que pueden constituir delitos. ¿Y la Fiscalía existe?



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