TEMÍSTOCLES ORTEGA NARVÁEZ
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En el fondo a nadie importa. (acaso a los directamente afectados). La muerte de soldados y guerrilleros (todos campesinos pobres), es simplemente eso. Unas muertes mas de anónimos, humildes labriegos, que se reemplazan fácilmente. Pasados los funerales y sus protocolos, todo vuelve a ser normal. Se incrementará el pie de fuerza, vendrán controles militares.
Habrá mas seguridad, temporalmente. Pero la muerte aparecerá por otros lados. El Tambo, La Hormiga, Samaniego, Puerto López, cualquier otro municipio del país. Guerra para conseguir la paz, oímos en estos días fuera de nuestras fronteras. Y eso lo criticamos y maldecimos. Claro, pero la viga en nuestro propio ojo? Y van más de 50 años.
Hay que parar la guerra. Pararla, sin atenuantes. Claro, nadie sabe cómo. Pero eso no es justificación para no intentarlo. Experiencias externas existen. Apoyos internacionales también y por montones.
No tenemos conciencia sobre nuestra propia tragedia. No nos valoramos como sociedad. Somos un pobre pueblo. Inculto, excluido, insensible, manipulado. Por supuesto, la responsabilidad mayor no es del pueblo raso. No. La más responsable o irresponsable es nuestra clase dirigente. Aquella que toma las decisiones del país. Las decisiones políticas y económicas. Y quienes se sirven o viven de ellas. Cómodos, frescos. Apenas un comentario, una crítica. Desde que salve el día o mi trabajo o mi empresa, lo demás, que lástima, no es conmigo. Denme mi seguridad y basta.
Treinta billones de pesos anuales en la guerra. ¡treinta billones! Y educación, salud, vivienda, empleo, vías, cultura…¬. ¡Ah!. Pero es que si no hay seguridad, no hay nada de eso. Y no hay nada de eso, porque no hay seguridad. El eterno y perverso círculo vicioso. Que sigue ahí. Que nadie rompe. Ni intenta romper. La guerra es un negocio, siempre se ha dicho. A alguien beneficia.
Económica y políticamente. Por eso en buena parte se mantiene. Pero sus efectos están ahí. Patéticos, categóricos. Muerte, dolor, miedo, pobreza, contra todos. Sobre todo contra los pobres, hoy más alienados, porque algo en efectivo, les dan. ¡Les dan!
No es un derecho. No. Es un regalo que hay que agradecer. Y contra la clase media, acorralada, desesperada. Sin voz y sin voceros. Defenestrada, pidiendo también otro regalo. Cualquiera, pero algo.
Esto no puede seguir. Hay que sumar y sumar voces y voluntades para detener la guerra. Hay que movilizarnos a favor de la paz.
Forzar el debate en todos los escenarios. En cada casa, cuadra, barrio, pueblo o ciudad, salón de clase, organizaciones sociales, gremiales, iglesias, campos deportivos, culturales, partidos políticos, debe haber una acción contra la guerra. La paz no es otro regalo. Es un derecho que debemos ejercer.
** Que las famosas fundaciones de apoyo financiadas con dineros públicos son entidades privadas? Ignorancia, cinismo o viveza. Llévenselas a sus casas.
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