Temístocles Ortega Narváez
temisortegan@hotmail.com
Nuestra democracia es precaria. De eso no debe caberle a nadie la más mínima duda. Son pocas las posibilidades de participación igualitaria y libre de las comunidades en los asuntos que les interesan. Las elecciones para gobiernos y autoridades de distintos niveles son, por su puesto, las más importantes, a través de ellas se configura el poder político, pero múltiples factores las contaminan y a veces hasta las tornan ilegítimas.
Estamos en pleno ejercicio electoral. Hay que participar. Existen candidatos de diversa procedencia y con distintas propuestas; algunas no tan diferenciadas. Unos persisten en el viejo estilo de prometer y prometer y en estos últimos días lo hacen con desespero, otros en términos generales plantean cambios en la manera de enfrentar algunos de los temas que más nos han impactado en los últimos años: corrupción, guerra, mafias de todo orden, pobreza, sin detenerse en el modo de combatirlas. También hay quienes plantean cambios sustanciales en las prácticas políticas y en el enfoque general de gobierno.
Por su parte el elector sometido a esa catarata de propuestas y posturas intenta ubicarse acudiendo a diferentes criterios. Unos persuadidos por el mejorado clima de seguridad con respecto a años atrás, postulan la continuidad. Para ellos nada importa la situación social que es un verdadero desastre. Otros proponen mejoras en los diferentes temas sociales pero sobre el lomo de la estructura de gobierno actual y existen alternativas electorales que pregonan combatir la desigualdad, introducir elementos de honestidad y transparencia en la función pública.
Hoy se expresará la voluntad popular y sabremos el grado de aceptación de unas u otras propuestas, en una campaña presidencial que por no tener los aditamentos a que está acostumbrada buena parte de la población, pueden arrojar resultados sorprendentes. Pero cualquiera que ellos sean, si por lo menos nos atenemos a las encuestas, hoy también se inicia la recta final que definirá el próximo presidente de los colombianos.
Y la definición estará sometida al juego de las alianzas, si bien es cierto, que hay mayor libertad en el elector, no lo es menos, que los diferentes partidos tienen cierta capacidad de maniobra sobre sus militantes y van a intentar no solamente sumarse a una candidatura, sino acordar programas y acciones de gobierno que hagan posible llevar a la práctica sus postulados y propuestas. Ello es legítimo, sobre todo desde la perspectiva de configurar un gobierno de transición entre una época de tinte derechista y unos deseos de modernización de la sociedad intentada desde diversos sectores sociales.
Si una de las actitudes que más daño causa a la democracia y a la necesidad de encontrar puntos de encuentro entre los colombianos, es el radicalismo de estos tiempos, causante de confrontación y fracturas de nuestro tejido social, la manera de superarlo es posibilitando a partir de los resultados, consensos entre quienes creen que es fortaleciendo la democracia como se gana en igualdad, honestidad y paz. Porque acuerdos por puestos y contratos sería absolutamente inaceptable.
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