domingo, 11 de octubre de 2009

Nobel por el pasado y el futuro

TEMÍSTOCLES ORTEGA NARVÁEZ
orteganarvaez@gmail.com


He sentido una lluvia de indescifrables sentimientos por la llegada de Barak Obama a la presidencia del país más poderoso del mundo. Me emocioné hasta el límite con su triunfo y leo, releo y comento con deleite el denso discurso de su posesión. Me ha parecido que en una nación, en donde hace apenas cincuenta años, ser negro era un estigma, encarne uno de ellos, la dignidad y el símbolo de su pueblo, es algo verdaderamente histórico y maravilloso.
Que el Presidente Obama no ha hecho todavía lo suficiente para merecer el Nobel. No es del todo cierto. Su sola elección, significa un profundo acto de paz con la historia. Con la larga y vergonzosa historia de discriminación y marginalidad de seres humanos por razón de su raza. Una situación que para desgracia del género humano aún persiste- y de qué forma- en muchos lugares del mundo. Y que en el nuestro tiene manifestaciones claras, que intentan matizarse y desconocerse, soslayando una inocultable e inaceptable verdad.
Una muy profunda y hasta ahora no estudiada transformación, debió haberse generado en el seno de la sociedad estadounidense, para que poderosos intereses culturales, económicos y religiosos hubiesen sido superados por el impulso renovador de una figura carismática y capaz, cuyo triunfo envía a los pueblos y líderes del mundo un cautivador mensaje de igualdad, ese intangible, que subyace en la construcción de toda democracia y que no puede ser considerada más, como una simple aspiración retórica, sino que debe ser practicada como auténtica realidad. No es este acaso, un auténtico hecho de paz?
Claro, el nobel para Obama, tiene también un categórico mensaje hacia el futuro. Un mundo plagado de guerras, hambre, desigualdades y autodestrucción, ya no es resistible. El liderazgo de la superpotencia debe ser utilizado, no para imponer unilateral y hegemónicamente una concepción del universo, sino para construir entre todos y en medio de nuestra enorme y rica diversidad, mejores condiciones de vida para tantos pueblos marginados, para relacionarnos en términos de respeto por nuestras identidades y soberanías, y para aclimatar la confianza que elimine el fantasma de la violencia, que bajo diferentes manifestaciones siembra de dolor y muerte tantos escenarios de esta aldea global, que debemos conservar para quienes nos suceden.
La presidencia de Obama significa entonces, saldar una deuda histórica con la cultura y la civilización, y abrir un crédito con el futuro de la humanidad. En ese amplio contexto debe entenderse la concesión del premio nobel de paz. Una paz que bajo su liderazgo se imponga sobre la cultura y el negocio de la guerra. Guerra, que entre nosotros, ya debe cederle espacio a la búsqueda de la paz.

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